Fin de David Monteagudo [reseña]

 

David Monteagudo
(Viveiro, Lugo, 1962)
Fin
Barcelona: Acantilado, 2009

Primer capítulo

Al empezar a leer esta novela puede experimentarse un cierto distanciamiento escéptico o crítico pero es probable que no se abandone la lectura y se continúe hasta el final. La tensión argumental va aumentando según se avanza hasta llegar a adquirir una dimensión apocalíptica. Resulta difícil permanecer indiferente, lo que se va desvelando sorprende de tal forma que  acaba atrapando.             
 
No resulta fácil adscribir la novela a un género determinado ya que integra elementos propios de muy diversos géneros (novela psicológica, social, fantástica, negra, de terror, etc.) lo que, sin duda, constituye una riqueza.

Sin embargo, la trama argumental de la novela es realmente simple, muy conocida y puede incitar a desestimar su lectura: unos antiguos amigos se reúnen después de 25 años en un sitio apartado, van ocurriendo cosas extrañas y poco a poco los protagonistas se dan cuenta de que una amenaza terrible y a la vez indefinible se cierne sobre ellos.
 
No obstante, el contraste entre el sorprendente desarrollo que van adquiriendo los acontecimientos y la reacción de los personajes implicados en ellos -personas normales, incluso banales, enfrentados a una situación límite- constituye un acicate indudable que lleva a continuar.

Los diálogos están muy bien construidos y reflejan la forma de hablar -más bien cargante y molesta, incluso tediosa- de una generación de españoles cuya edad (con excepción de un personaje) oscila entre los 40 y 50 años. 
 
El diálogo se combina con la descripción, centrada en el entorno, en la naturaleza, muy reconocible y a la vez extraordinariamente ajena, hostil. Esto confiere a la narración una dimensión más profunda, más metafórica o simbólica: el paisaje también es personaje. Aunque radicalmente distintos, el lector no puede dejar de percibir ciertas resonancias que le llevan a títulos como El Jarama, autores como Juan Rulfo  o películas como El ángel exterminador de Luis Buñuel.
  
Hay escenas brillantes como la de los galgos o las cabras; los diálogos retratan muy bien a una generación cuya niñez transcurrió durante lo últimos años de Franco, pasó su juventud en la época de la Transición y llegó a la madurez con la democracia consolidada. El sentimiento de culpa, de pecado (heredado de los padres, como señala el propio autor), la mentira, la frustración o la decepción son rasgos característicos de los protagonistas, con excepción de María, un personaje contrapunto, de gran carga simbólica.

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